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Reforma Educativa requerida | Opinión

Reforma  | Roberto Newell | 8.febrero.2018

La gran mayoría de los padres de familia están dispuestos a hacer todo lo posible para garantizar el bienestar de sus hijos. Por ello, desde su óptica, la reforma educativa seguramente fue la reforma más importante del último sexenio.

Mis hijos se parecen a la gran mayoría de las familias mexicanas. Lo que más les importa es que las escuelas donde estudian sus hijos (mis nietos) sean excelentes.

Los atributos que buscan en las escuelas de mis nietos conforman una lista larga: quieren que sus maestros sean excelentes; que el método pedagógico que se aplica en las escuelas sea moderno y pertinente; que los materiales y herramientas de aprendizaje sean de punta; que los espacios donde estudian sean dignos y seguros y, sobre todo, que las escuelas donde estudian desarrollen sus destrezas y conocimientos de matemáticas, ciencias, ciencias sociales, civismo e historia y les enseñe a dominar Español e Inglés.

Por ello, mis hijos y millones de otros padres de familia, dedican una parte significativa de sus recursos y tiempo personal para asegurar que sus hijos estudien en escuelas de alta calidad y participen en actividades de enriquecimiento que complementen el programa de estudios.

Mis nietos son afortunados. Sus padres cuentan con los ingresos necesarios para cubrir las colegiaturas de las escuelas privadas donde estudian. Ése no es el caso de la mayoría de los niños mexicanos. La única opción para ellos es estudiar en escuelas públicas. Lamentablemente, la gran mayoría de estas escuelas operan deficientemente.

El objeto central de la reforma educativa fue mejorar la calidad del sistema de educación pública del País. La intención del cambio propuesto era incuestionablemente bondadosa; lamentablemente, la evidencia disponible (la pruebas ENLACE y PLANEA y las calificaciones obtenidas en la prueba PISA) muestran que los resultados alcanzados hasta la fecha han sido decepcionantes.

La reforma educativa constó de cambios en varias dimensiones. Destacan entre ellos fortalecer las destrezas y conocimientos de los maestros, empoderar a los maestros y directores de escuelas para que puedan tomar decisiones que beneficien a los niños, mejorar el equipamiento y remodelar las instalaciones físicas de las escuelas, revisar aspectos de los programas de estudio, extender el calendario de estudios, y varias cuestiones más.

De todos estos, el cambio más importante y difícil de instrumentar ha sido el proceso de evaluación y fortalecimiento de las destrezas del personal docente. Para lograr este objetivo se creó un sistema de evaluación de docentes y se establecieron incentivos económicos que estaban diseñados para premiar a los maestros que mostraran ser los educadores más aptos.

El proceso de evaluación fue aceptado a regañadientes por los líderes del SNTE y fue rechazado violentamente por muchos de los maestros que conforman la CNTE. Sin la cooperación de las organizaciones gremiales era previsible que el programa para mejorar el desempeño de los maestros rendiría resultados magros. Eso fue exactamente lo que sucedió.

En algunas regiones del País la resistencia de los maestros al programa de cambio fue relativamente pasiva y pacífica; en otras regiones, sobre todo donde la CNTE juega un papel dominante, la resistencia ha sido activa y beligerante. Consecuentemente, esta dimensión clave de la reforma educativa ha avanzado lentamente, causando demoras trágicas en la mejora del sistema de educación pública del País.

Otras dimensiones del programa de cambio se han instrumentado con mayor éxito. Por ejemplo, la remodelación de los planteles ha avanzado a un ritmo relativamente veloz. Consecuentemente, muchos de los maestros y alumnos están operando en entornos de mayor calidad y seguridad, pero aun en este caso las mejoras han sido disparejas. Por ejemplo, en Nayarit, Tlaxcala y Aguascalientes el programa "poner las escuelas al 100" ha avanzado bastante bien; pero en otros Estados los resultados obtenidos son menores.

En suma, la reforma educativa va avanzando a un ritmo inaceptablemente lento. Por ello, los resultados obtenidos hasta la fecha han defraudando las expectativas de los padres de familia y erosionado las bases del bienestar futuro de los niños.

Las autoridades del ramo han mostrado energía y disciplina en la instrumentación del programa de cambio. Sin embargo, la resistencia que han montado las organizaciones gremiales ha sido feroz y eficaz. Lo más triste de todo esto es que las víctimas del fracaso de la reforma son los niños y niñas mexicanas.

Ninguna de las reformas estructurales es más importante que la reforma educativa. Es imprescindible hacer un alto en el camino y reconsiderar integralmente la estrategia de reforma educativa. El País no puede darse el lujo que esta reforma fracase.

 

 

 

Roberto Newell G. es Economista y Vicepresidente del Instituto Mexicano para la Competitividad, A.C. Las opiniones expresadas en esta columna son personales.

 

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